
En el siempre arduo camino hacia el dominio de la alquimia (¿o es artesanía?) como escritor, no cabe duda de que “Gente Ruin” (2026) es una piedra de toque de madurez para Armando Ojeda frente a su “Flint” de 2005.
En “Flint”, la isla se alzaba como un elemento de realismo mágico, una auténtica losa de inevitabilidad para la identidad del isleño: más una fatalidad de partida que un acompañante de fondo. La isla es un elemento de ficción y de fricción, un determinante algo lastrante para los nacidos en ella: en suma, una suerte de convención del género, difícil de obviar. Sin embargo, en la madurez de su oficio, Armando Ojeda convierte esta vez a la isla en un escenario legítimo, tan integrada en el trasfondo que podría servir como plató para serie de Netflix; en fin, una tramoya madura y creíble, si bien con elementos de realidad alternativa muy bien equilibrados y al servicio del relato.
En este trasfondo bien orquestado se despliegan otros lugares que sirven al relato en la misma medida que los protagonistas. De nuevo en la literatura hay aquí un refugio, como en la Villa cercana a Florencia del Decamerón de Bocaccio. Sin embargo, el refugio apocalíptico no desaparece en el fondo una vez establecido, como en el humanista florentino. Tampoco es un escenario conveniente, como el hotel de “Un Taxi Malva” (1973) y otros muchos ejemplos a lo largo de la literatura. El “Coworking” tiene una identidad propia y permite a sus habitantes entrar y salir, pero lo hace porque la ciudad, la isla en sí, es suficientemente pequeña y ya sirve como marco de existencia.
En este sentido, la novela es más un homenaje a Las Palmas que a Gran Canaria, disparando de nuevo referentes literarios como la Vetusta de Clarín, el Bombay de Rushdie o el Dublín de Joyce. La ciudad adquiere así una entidad de protagonista, frente a la “Villa” (Coworking) que queda así relegada más bien a un herramienta narrativa necesaria.
A la hora de reconocer los géneros por los que se transita, entramos en un terreno inexplorado: la servidumbre de los tiempos origina géneros y experimentos nuevos, amalgama de los antiguos y sublimación de los presentes, casi como en una búsqueda de la piedra filosofal. En este contexto, la solapa del libro intenta presentar el libro como ciencia ficción, pero esto es solamente un desiderátum comercial, ya que el libro transita por diversas propuestas, hemos de decir que con bastante éxito. Novela policial, thriller político, viaje interior del protagonista, ciencia ficción. Hagan sus apuestas.
En otro orden de cosas, “Flint” era una novela coral (con lo que, dicho de forma un poco terminante, tenía muchos protagonistas pero no encontraba quizás ninguno), mientras que “Gente Ruin” será, en un paso adelante, un telar diestramente hilado, no un “patchwork” de retales. Un coro pequeño, donde cada personaje dice su parte muy bien orquestada, y donde raramente el interés de la partitura baja. En general, nada sobra y todo está cortado con bisturí porque el devenir del relato se adapta como un guante al desarrollo de la acción. El autor demuestra su oficio saliéndose muy raramente de esta máxima necesaria en la Literatura con mayúsculas: que no sobre ni falte una coma y que el todo sirva al objetivo de llevar al relato hacia adelante.
Solo de esta manera puede tener un libro 800 páginas y no resultar largo, porque para empezar, evita la queja primeriza que hacen muchos lectores cuando el relato falla y no saben por qué: “Tiene demasiadas descripciones”. Armando Ojeda evita esta flecha envenenada con la maestría que dan los años en el oficio de escribir. Probablemente hay un par de capítulos que permitirían otra lectura más iterada, pero en general, en el libro hay material de calidad a espuertas.
En cuanto a otros referentes literarios (que no necesariamente están entre las “lecturas fetiche” del autor), debemos mencionar el lenguaje cinematográfico y directo de Ojeda a la hora de presentar el relato, siguiendo la senda de Truman Capote en “A sangre fría”. Aquí debemos detenernos un instante, porque no sabemos si es halago o mazazo demoledor decir que la obra es apta para guión de miniserie: todo depende de si el autor quiere morir pobre y dejar una obra maestra para la posteridad, sin enterarse nunca, o morir rico y despiadadamente criticado por la adaptación y la falta de ideas de la octava temporada.
No podemos dejar de notar aquí los ecos y paralelos con “Generación X”, así como todos los referentes de la literatura que han ido jalonando como piedras miliares las influencias del siglo XX, algunas involuntarias, otras no. En este sentido, las contradicciones de los habitantes del «Coworking» son más modernas que en la obra de Douglas Coupland, pero se mueven en este telón de fondo: “enter” Kerouac, Bukowski.
En general, y dentro de los géneros de la distopía pandémica y la novela de detectives y de escenarios que remontan a la guerra fría y el telón de acero (aquí no damos más detalles por no perjudicar la integridad del secreto de la trama), baste decir que el autor sabe moverse por situaciones que cautivan la atención del lector.

Sería interesante que Ojeda sacara más propuestas creativas en direcciones que esta obra sugiere, aunque es claro que, en un escenario isleño donde lo que se publican son obritas (novelas cortas) de 200 o 300 páginas, el esfuerzo titánico de una creación literaria de estas características demanda un respeto a la retirada del autor a sus cuarteles de invierno por un tiempo. A este respecto, hay que reconocer que Armando Ojeda “juega en otra liga”, ya que no todo escritor se atreve a pasar el temible listón de la novela corta para aterrizar en un tomo de esta extensión, sin que resulte un mamotreto “lleno de descripciones”.
En suma, se trata de una obra que ha obtenido mucho eco en la prensa local, pero que está por ver si obtiene la debida tracción en las librerías y la venta online. Desde luego, ventas más allá de una segunda edición sería un sueño para un proyecto local, pero si la obra tuviera difusión en el mercado nacional e hispanoamericano, podría catalogarse como nueva novela canaria (o grancanaria: sorry, Tenerife) y suscitar un interés por parte de la crítica y público con inquietudes.
Sirva como colofón el augurar a esta novela un éxito a la altura de sus méritos, y un eco en círculos literarios, que hagan surgir una crítica literaria más amplia y muchas otras posibles lecturas de la obra que no podemos desarrollar aquí. Quizá en una próxima ocasión.